Un Ángel blanco
27 de julio de 2024

Abro la puerta del portón sabiendo de antemano que a la consulta llega una niña con su mamá. Una niña que ya conozco a través de su carta natal. La mamá me escribió: “tengo una nena de 9 años que hace unos días se está levantando a la noche gritando, llorando con la mirada perdida y dice cosas que no tienen que ver con la realidad. Hace poco le dieron el alta por un trastorno de aprendizaje. La veo angustiada y quiero que la veas para ver qué onda; para ver si me das herramientas para ayudarla. El parto fue difícil porque yo tenía placenta oclusiva. Y tuve muchas hemorragias. Luego de eso ella tuvo que estar en Neo 15 días porque le faltó oxígeno y yo solo podía ir a la noche a darle la teta y a la mañana temprano.” La pequeña tiene ascendente en piscis, sol luna mercurio en virgo en la 6, Quirón en 12 opuesto a la luna, mercurio y Lilith en leo en la casa 5. Venus en leo en casa 5 en cuadratura con la conjunción Marte Saturno en escorpio en la cúspide de la casa 9, entre otros aspectos. Entonces, abro la puerta y veo una niña y su mamá. Ella feliz de estar haciendo algo nuevo y de sentir que la mamá la está escuchando. Más allá de la angustia de no entender qué le pasa, la seguridad para acompañarla y sostenerla. Quizá en silencio, le dije al mirarla, lo afortunada que es de tener una mamá que, consciente de sus limitaciones para ayudarla en esto, sabe pedir ayuda y confiar en alguien más para que de esta manera ella reciba ayuda. En sesión, cada día, transcurro en miles de historias con matices de todo tipo que siempre en algún punto llegan a esa herida primigenia con mamá. Sanar a mamá. Es sanar lo que nos encarna en este mundo y hoy siento la autoridad para afirmar que sanar a mamá es empezar a construir una vida en co-creación. Esto se traduce, en reconectar con el merecimiento de la vida solo por ser quien somos. En recibir la plena aceptación de nuestro ser auténtico más allá de la epigenética vivida. Todo eso se tradujo en una mirada y una sonrisa. Y como el ascendente en piscis maneja el lenguaje de la intuición, se que supo lo que estaba pensando y me devolvió una sonrisa maravillosa. Llegamos al lugar donde atiendo, después de caminar unos metros bajo árboles y mucho verde donde ella automáticamente conectó con la gata (que estaba dando vueltas) y pudo decir: ¡Qué lindo lugar!. Esos metros hacen magia, porque la naturaleza lo hace, porque de repente uno se encuentra abrazado por el verde y eso trae paz y calma al sistema. Es un aliado para la sesión porque el sistema ya segregó serotonina y dopamina. La naturaleza en si, es sanadora; poner los pies en la tierra, sentir el viento en el rostro, abrazar un árbol, dejarse limpiar por el mar… En esta vorágine de no-vida en la estamos inmersos nos priva del poder entender que la naturaleza es, como dije sanadora. Solo debemos saber alinearnos con su sabiduría y con ella en su totalidad
Ahí estábamos entonces las tres, sentadas en este espacio que invita a sanar. La niña se sienta y me mira sonriente. Le pregunto con amor: ¿sabes para qué estás acá?. No!, me dice, con esta honestidad hermosa que ya me daba indicios de comodidad (ya que no busco la mirada de la mamá para afirmarlo). La mamá me dice: “antes de llegar, Juana le decía que tenía vergüenza”; a lo cual yo le dije: “tranqui, una vez que me conozca la vergüenza iba a disiparse”. Hice un chiste de mí misma, ella se ríe. Y volvemos a empezar. Mamá me dijo “que tenés algo que contarme de qué pasa a la noche… ¿puede ser?” “Si”, me dice. “Igual me pasó una sola vez!”, agregó (Cosa que yo no pregunté y sabemos que al afirmar algo que uno no pregunta es justamente todo lo contrario, y que seguramente lo dice para “no preocupar”). Le digo: “contame yo te escucho. ¿Querés?” Ella asiente y me dice: “vi a alguien parado al lado mío en mí cama cuando dormía”. Pregunto: “¿Cómo es ese alguien?” “Blanco”, me contesta. “¿Dormís con la luz apagada?” “Si.” “Y ¿cómo sabes que era blanco? ¿Era luminoso?” “No. Se veía por la luz de la tele. Era como gris. Se veía así y blanco. Me pasa que estoy dormida pero despierta o estoy despierta pero dormida.” “¿Y para vos qué es?”, le pregunto. “Una alucinación”, me responde. “¿Qué es una alucinación?”, le pregunto. Se ríe.” Algo que veo pero no está, no existe”. “¿Quién te dijo qué es una alucinación?” Ahí mira a la mamá. La mamá me dice: “nosotros en nuestra necesidad de que ella esté bien le explicamos que eso que ve no existe para que no se asuste”. ¡Está muy bien!, le dije. (Siempre avalando la intención primera de esa mamá para que la niña sienta protección y sostén.) Vuelvo a la pequeña y le pregunto nuevamente por la figura “blanca” que está al lado de ella en la cama: “¿Te da miedo?” No fue ni un si ni un no. Después dijo: “si”. Y ahí le pregunté, “¿miedo a qué? ¿Qué sentís que puede pasar?” “Miedo porque no tiene que estar ahí en mí casa”. En ese momento no había terror, ni pensamientos de agresión hacia ella. Nada de eso. “Simplemente no tiene que estar ahí”. Después mamá llega, se queda con ella. Se calma, se duerme, y muchas muchas veces me dice la mamá “no recuerda nada de lo que pasó.” Juana tiene 9 años. Le pregunto: ¿qué pasó en su vida a los 4 años y medio?”. En ese momento me cuenta que la cambiaron de colegio por temas económicos. Cambio de colegio en pandemia, ya que era el 2020. Por lo que le digo riendo, “cambiaste de zoom!
Nos reímos las 3. Juana se desconecta cada tanto y se pone a mirar para afuera o qué hay en el lugar. Sin querer patea la mesa y la mamá le dice: “¡Juani!” Y ahí vuelve a conectar. Ahí le pregunto a la mamá: “¿Cómo fue la pandemia? ¿Cómo vivieron ese momento?” La mamá me cuenta que ella siempre trabajó porque era personal esencial. Le pregunto “¿Cómo era la rutina cuando llega a casa?”. Me dice que se sacaba toda la ropa y se desinfectaba. Vuelvo a Juana y la miro. “¿Te acordás algo de ese momento?”. “Poquito”, me dice. Juana se va de nuevo a mirar para atrás. Le digo a la mamá: “Para todos la pandemia fue un trauma colectivo. Más allá de cómo cada uno lo ha vivido es una realidad que los primeros meses nadie sabía nada. La incertidumbre de no saber y el miedo a morir estaba presente en la vida de todos. Y vos salías todos los días a trabajar en ese contexto. LLegabas y podías traer “ el bicho” con vos. Y ella vivió eso en primera persona, cómo todos.” La miro a Juana y ella asiente. Vuelve a conectar la mirada un ratito. Y se va de nuevo a mirar para atrás y moverse. La mamá también me dice que en ese momento empezaron a notar que a Juana le costaba seguir las tareas al ritmo de todos. Le diagnosticaron un trastorno del aprendizaje. Que básicamente era que ella tenía “otros tiempos para lograr hacer las cosas”. Juana me mira. Miro a la mamá y le digo: “¿tiempos diferentes a quien? “Si”, me dice, “eso es lo que entendimos con el tiempo. Que ella es ella.” La miro a Juana y le sonrío. Contame vos un poco de esto. Ella me dice “me mareé ya”. “¡Y con razón!”, le digo. Explícame un poco cómo te sentís. Y ahí mueve los pies o se va con la mirada. “¿Es eso?”, le pregunto. “Si”, me dice. “Es como que te desconectas”. Abre los ojos y me mira con atención. “Si”, me responde. “Vamos a aceptar que te desconectas y que eso pasa; con amor vamos a entenderlo y esperar a que vuelvas las veces que lo necesites. Tiene una razón de ser, un sentido y vamos a aceptar que está este mecanismo. ¿Si?” “¡Si!”, me dice con alivio. Contarme un poco le digo a la mamá sobre el embarazo y el parto. “Me diagnosticaron placenta oclusiva. Desde que me enteré del embarazo tuve que hacer reposo. Dejar de trabajar. Dejar de hacer un montón de cosas. No podía ni bañar a mí hijo de 8 años.” Ahí la interrumpo con amor, y le digo “porque elegiste cuidarla a ella y el embarazo”. “Si”, me dice. La miro, ella comprende mí mirada y dice en voz alta: “Elegí cuidarla a ella”. Juana se conecta y mira a la mamá. “En el parto hubo complicaciones. Mucha hemorragia porque decidí ligarme las trompas y eso complicó la cesárea. El útero sangraba, recibí transfusiones. La bebé tenía vuelta de cordón y le faltó oxígeno en el parto; por lo cual fue a neonatología post parto”. Juana iba y venía. Pero estaba atenta escuchando (como ya muchas veces seguro había escuchado su historia). La miro y le digo que entendía que seguramente para ella bebé fue todo un desafío y que la vida se hizo paso. Y que había sido muy valiente. Me permití ser autorreferencial y contar que mí sobrino nieto había sido operado a corazón abierto y que ya estaba en casa con la mamá y la teta. Ahí Juana mira a la mamá. En su cara pude ver cómo pudo sentir compasión por ese bebé que no conocía y entender que ella había vivido algo parecido. Y lo que nació allí fue compasión de ella por ella misma. La mamá ahí cuenta que cuando le dan el alta a ella, a neo podía ir solo un ratito a la noche y otro a la mañana a darle la teta. En ese momento le digo que como sociedad se está trabajando, aunque vamos lento, a fomentar el contacto de los bebés en todo momento con la mamá. La miro a Juana y le digo: “cuando estuviste en Neo, como acabas de escuchar, había momentos en que podías estar con mamá y momentos que no.” Automáticamente tiene una aberración y se pone a llorar con fuerza y mucha angustia. La mamá también llora y se queda en la silla paralizada. Le digo con amor: “abrazala”. Le estira los brazos y Juana se pone a upa de la mamá. (Exactamente como sucedía en Neo cuando llegaba para amamantar, y exactamente como en ese momento ella quedó esperando el permiso para el contacto). Cuando le dije abrazala, se lo permitieron ambas. Juana lloró un rato y la mamá también. Un llanto ahogado, por años quizá. Habitamos un rato el momento. Juntas las tres. Juana me mira ya sin llorar. Le digo: “¿me dejas que te diga algo que pienso?” “Si”, me dice. Y ahí me pongo a jugar que soy un bebé; me tiró en el sillón con el dedo en la boca y le muestro que abro los ojos y veo que mamá está y estoy feliz. Y a veces abro los ojos y mamá no está. Y ahí me quiero dormir, o desconectar. Le pregunto si me entiende y me dice que si. Y ahí le digo que la desconexión era para evitar el dolor que faltaba un ratito para que llegue mamá. Se vuelve a sentar en la silla. Sale de upa. Le pregunto: “cuando mamá no estaba en neo, ¿Quién estaba?”. “La médica”, me dice, muy segura. “Y, ¿cómo era?”, le pregunto. “Buena”, me dice. “Seguramente buena y amorosa. Por eso te curaste y estás acá”, agrego. “Si”, me dice. Le pregunto: “¿cómo es la médica? ¿Cómo la ves? ¿Cómo la imaginas?” “De blanco”, me dice. “Pantalón blanco. Saco blanco”. “Si sos bebe, ¿cómo la ves?” “Desde la cuna al lado” La miro profundamente… Ella empieza a cambiar la cara como si estuviera recibiendo una revelación. Se le iluminan los ojos. Y le digo… “Ves lo que ves a la noche” “Si”, me dice Sonríe y dice “woowwww”… Feliz de entender. De entenderse. Plena. Es una memoria de esos momentos donde vos querías ver a mamá. No a la médica. Aunque con todo amor te cuidó, vos querías a mamá. Y es normal. Y la desconectarte. Era lo mejor que pudo hacer el sistema para pasar el tiempo hasta que mamá llegue La buena noticia es que ya estás grande y sabes que mamá está con vos. Sólo necesitamos recordar para liberar esa angustia normal que sentiste. Porque sos una nena muy linda sensible e inteligente. Y si te pasa que te desconectas, decile con amor, gracias a la desconexión, pero que necesitas volver para entender a la maestra; por ejemplo. “¿Si?”, me pregunta. “Si” Y ahí fuimos a una sesión de Reiki con recreación del canal de parto. Le conté que era para que se activen ciertos puntos que se activan en el parto vaginal. Se durmió en el Reiki muy tranquila y disfrutó mucho de mis manos recreando el canal. Al irse la escuché decir: “ quiero volver” Y tuve este diálogo con la mamá por texto: La mamá escribió: “Muchas graciasss juanita quedó super contenta y entusiasmada por volver jaja!” Mi respuesta fue: “Fue muy potente la sesión. Más de lo que hoy podes quizá entender. Abrazala mucho estos días. Libre de necesitar que alguien te diga que podes hacerlo “ cómo en neo” que necesitabas el aval para estar con ella” Cómo sociedad tenemos que revisar muchas cosas. Estamos en este camino. Lo importante es el entender que todo es más simple de lo que creemos.
Alejandra Marina Cormio